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sábado, 24 de marzo de 2012

[Poesía] Möebius Ecléctico.


Ante las párvulas partículas de un Möebius grácil,
del nefando y diáfano piélago de la inmortalidad.
Ante las consignas endebles de un laxo pacto lábil,
ante el túmulo ígneo del émulo feral.
yergue se el vate, el trovador, el poeta, el bardo, el rapsoda o el juglar
ataviando con palabras el reclamo frugal
al crúor derramado, al orgullo casquivano
que atraído por la gárrula arenga
de un exiguo asesino, ignícola y temido
furente por lo ingente que aspira a ser.
Quiere destruir los lindes, impeliendo a sus febriles
mercenarios a someter al orbe ignaro
de sus indómitos e inefables planes, de su ánimo inestable
de retruécanos confusos para hacer que sus insulsos manes;
infestos de una furia irrefragable, no dejen piedra sobre piedra
a las pertenencias
de sus patéticos rivales, y en medio de éstos yacen
como siempre los civiles, lidiando
 con las pestes
de una urbe entorpecida por las lerdas milicias,
atrincheradas entre ruinas parecidas a lo que un día
fue un foro, un parque, un teatro; cualquier sitio recreativo
que la afrenta ha convertido en un desierto desolado
cuyos restos testimonio son del odio del demonio
que atormenta cada noche la inerme memoria
de la Historia humana de la mente putrefacta
que ha considerado que la poesía
es un juego de maricas que practican con palabras
que ellos mismos en su vida entenderían
Es por eso que el poeta, muere cada cierto tiempo
condenado a ser suicida, o enfermo de verdad
la verdad, malestar incurable
sufrimiento deleznable para aquel que es un imbécil y necio gobernante


[Crítica] No tengo tiempo

Reflexiones en torno a la historia en tiempos de la posmodernidad

“Navego en el mar de las cosas exactas,
enclavado en momentos de semánticas gastadas.
Y cual si fuera una nube, esculpida sobre el cielo,
dibujo insatisfecho mis huellas en el invierno.”
‘Rockdrigo’ González

‘S
i hay algo en común entre los seres humanos es su insatisfacción y su contrariedad’. Es contradictorio que el hombre (y la mujer) busquen satisfacer sus necesidades sociales a través de ritos excluyentes; y ese desprecio de lo ajeno (de cómo piensa el otro) recrimina y descalifica, pero a la vez influye para que, posteriormente ambos pensamientos se fusionen para cambiar el anterior. Bajo esta premisa trataremos de explicar la posmodernidad y su conflicto voraz contra la modernidad.
Han pasado poco más de cinco siglos desde que la modernidad tomó parte activa en la historia de la humanidad, y las repercusiones de la misma son incalculables. Por un lado, el avance científico-tecnológico es impredecible, día a día estamos más informados de lo que pasa en todo el mundo, de los descubrimientos que buscan satisfacer nuestras necesidades ‘elementales’; mientras que por el otro, el capitalismo va devorando todo a su paso: el individuo queda sujeto a normas sociales que son inmutables, otro invento de la modernidad. El término ‘moderno’ debe ser cuestionado desde un principio; este cognomen acuñado por un grupo de protoburgueses intelectuales que buscaban una identidad distintiva, y alejarse –por paradójico que pudiera sonar– del conocimiento dogmático de las universidades a manos de la iglesia católica, impusieron una ‘era moderna’ sobre aquella etapa ‘oscura y llena de retraso’ que –como hijos malagradecidos–llamaron ‘Edad Media’. De ahí en adelante, todo aquel que no quisiera abdicar a los deseos de la Razón y la ciencia, sería considerado como ‘individuo con mentalidad medieval’ y llevado ante los inquisidores del Tribunal de la Ciencia: los intelectuales. Poco a poco, y de cuando en cuando se fueron reafirmando estos principios en la sociedad; y se fue imbuyendo en otras disciplinas y en las formas del pensamiento el precepto de la ciencia y las normas sociales; las leyes, las instituciones y todos los hijos de la modernidad se legitimaron a sí mismos, imponiéndose la ciencia como religión absoluta del siglo XX. La historia –al igual que otras disciplinas– se convirtió al cientificismo, y se obsesionó con la búsqueda de la verdad histórica; entonces se supeditó la manera de contar la historia (crónicas) a los datos históricos (fuentes).Con el paso del tiempo, dos grandes bloques dogmatizaron al mundo: Oriente y su ciencia marxista requería cambiar a todo occidente para poder gobernar sobre éste; Occidente y sus ciencias sociales, ya fuera la resaca intelectual del positivismo o la escuela de los Annales, combatieron al villano por antonomasia, la URSS. Tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética triunfó el paradigma occidental, que, disfrazado de ‘posmodernidad’, ha asimilado la postura anticientífica del historicismo y ha adoptado a la antropología –para algunos, ‘la disciplina espía del capitalismo’– a su método, para cuestionar a su antecesora, la modernidad.
Hay que recordar que, como afirma Ankersmit “el aroma de un período sólo puede aspirarse en un periodo subsecuente”[1], pero tampoco hay que olvidar que casi todos los periodos –siguiendo el ejemplo de los hijos ingratos–descalifican a sus padres y reivindican a sus abuelos. Todo este rescate de los clásicos grecolatinos y la reivindicación de los modelos antiguos que caracterizó a la modernidad, es criticado por la posmodernidad mientras que la mote juste (palabra justa) tan recurrida en los discursos de apropiamiento de tierras por parte de los vasallos o de un señor feudal, es reivindicado y retomado.
Pero como ya dije líneas arriba, el historicismo ya cuestionaba la cientificidad de la historia. Sólo hay que recordar a O’Gorman afirmando que:
“el verdadero y oculto fin, consciente o no, detrás de la llamada historiografía científica es tratar de proporcionar fundamento empírico a doctrinas totalitarias de una supuesta ética social, tales como la de la uniformidad natural del hombre y la que concede primacía al ambiente socioeconómico sobre el temperamento y genio individuales”[2]
En pocas palabras, si en otro tiempo, se unificaban los reinos a través de la religión; ahora era necesaria la ciencia como aparato ideológico sujetador.
Claro que parafraseando a Matute, “si [lo anterior] se le hubiera ocurrido a un anglófono, francófono [o un germano parlante]… ya le hubiera dado la vuelta al mundo, y los hispanohablantes, sumisos, lo hubiésemos adoptado de manera entusiasta”.[3]
El conflicto parte entonces, de lo que Nietzsche había afirmado un siglo antes “Dios ha muerto” y “Los hombres acabaran adorando un asno de metal”. La ciencia suplió a la religión, y ‘evangelizó al mundo’ bajo ese dogma de lo comprobable. Pero no faltó quien, como “el hombre más feo del mundo” matara al nuevo dios usurpador y dejará a los hombres inmunes a su entorno social. Por eso cabe señalar que los Annales –último baluarte de la modernidad– ya andaba ‘más allá que acá’ en cuanto a la posmodernidad; la pérdida del compromiso por la historia ciencia, se reflejó en su poca teoría, además fueron los primeros en proponer un estudio de temas que no eran trascendentes para la historia dominante[4]. No es de extrañarnos entonces que sea precisamente uno de los últimos ‘analistas’ el padre del posmodernismo. Foucault es entonces ese hombre que mata a Dios.
Es precisamente esta pérdida de las religiones y posteriores ideologías la que aprovecha la posmodernidad para legitimarse en una actitud que ya se advertía como nihilista y falta de fundamento; premisas posmodernas basadas en el discurso como “te estoy mintiendo” cobraron frutos para la descientificación de la historia. Las temáticas se habían desgastado y la historiografía necesitaba nuevos objetos de estudio. El factor que concentra la atención de los apologistas de la posmodernidad es justamente el exceso de información, pero la modernidad sigue ‘metiendo sus narices’ y entremezclándose con lo posmoderno;
“Todos estamos familiarizados con el hecho de que cualquier área imaginable de la historiografía está produciendo anualmente una cantidad abrumadora de libros y artículos, lo que hace imposible tener una visión que abarque toda esa producción[5]
Pero aquí en México ya se nos advertía de lo que ocasiona el acceso a tantos estudios:
“Estamos inundados… por ese inconmensurable volumen de producción historiográfica con que a diario se ve bombardeado el pobre historiador y de la cual se supone debe enterarse, so pena de muerte académica”[6].
¡Y eso que cuando se publicó este artículo no existía Internet! Tanta información nos tiene ‘como perro en periférico’[7].
Además del abuso de fuentes, la importancia de éstas yace en la información misma y no en lo que informa; predominó el autor sobre el contenido de la obra, profundizando más en la fuente que en el propio hecho. Es por eso que Foucault propone que:
“Lo que importa es exclusivamente el texto, no el contexto en que se origina… es eliminar al autor como factor relevante en la producción de textos, y al desaparecer el autor, la intencionalidad y el significado también desaparecen del texto… La historia pierde su relevancia[8]
La contradicción aquí parte de la idea de emancipar a la obra de su autor; cuando como todos sabemos, el lenguaje va cambiando y por lo tanto, para entender el mensaje, es necesario el comprenderlo desde el tiempo en que fue escrito. Por ejemplo: Hernán Cortés, al describir a la gran ‘Temiztitán’ menciona que
“hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos, de muy hermosos edificios […]y entre estas mezquitas hay una, que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de ella; por que es tan grande, que dentro del circuito de ella que es todo cercado de muro muy alto, se podía muy bien hacer una villa de quinientos vecinos”.[9]
No podríamos explicar el texto, si no comprendemos la razón del pensamiento de la época. En el momento en que Cortés llega a México, existe en el imaginario colectivo peninsular la idea de lo musulmán como algo herético.
La historia entonces no está tan pérdida. Esta visión escatológica de la historia se ha mencionado en tantos artículos, que sería paradójico enumerarlos, por lo antes referido y lo complicado que resulta consultarlos.
Aun con eso, cabe señalar que en nuestros días, la modernidad sigue latente en el grueso de la población. A pesar de que la posmodernidad se manifiesta en los medios y de facto en la mentalidad de la mayoría de los habitantes; el discurso político (iure) e inclusive el de la mayoría de la gente está enfocado a la idea de progreso. La exaltación del individuo y no de la sociedad es para muchos, un gran paso hacia la igualdad. Este discurso contiene en si mismo ambas ideas opuestas y concebidas de manera ‘sincrética’. Pero si, como dijimos al principio, la historia nos habla de individuos contradictorios; no es de extrañar que en un periodo en el que se está gestando lo que gustan llamar posmodernidad, las contradicciones estén a flor de piel.
Si, como posmodernistas que fuéramos, ironizáramos al respecto, la historia ya no está en pañales, como afirmara Bloch, sino que ha llegado a la adolescencia y este conflicto con la modernidad no es distinto al que tiene el hijo con el padre, recriminándole su severidad; y la consecuente reacción de la modernidad no es otra cosa que la que manifiesta el padre, mientras trata de anticuado al abuelo, reprime al hijo por inmaduro[10].
Por último, tanto las condiciones sociales, como la posmodernidad misma, han abierto la posibilidad de trabajar la cultura popular, su relación directa con la cultura dominante y lo que, en lo personal llamaría ‘cultura popular obediente’ y ‘cultura popular disidente’, que conviven de manera constante, se entremezclan y aportan elementos catárticos a la sociedad. No nos extrañaría entonces que sea factible trabajar un ‘historia del albur en México’ desde tres elementos de la crisis de la modernidad y la respectiva posmodernidad: las mentalidades, el giro lingüístico o el estudio de las clases populares.
Por lo tanto, el conflicto de la modernidad y la tan evocada posmodernidad–como si los hombres en la Edad Media, se autonombraran medievales–.Sólo es un ‘ritual de paso’ por el que transcurre la historia; así que, no podemos descalificar la teoría de la historia, pero es momento de empezar a cuestionarnos, ¿Dónde nos ha llevado la cientificidad de la Historia?


[1]F.R. Ankersmith, “Historiografía y posmodernismo” en Luis Gerardo Morales Moreno (Comp.) Historia de la historiografía contemporánea (de 1968 a nuestros días), México, Instituto Mora, 2005, p. 60
[2]Edmundo O’Gorman, “La historia: Apocalipsis y Evangelio” en Historiología: Teoría y Práctica, México, UNAM, 2007, p. 203
[3] Álvaro Matute, “advertencia preeliminar” en Ibid., p.VI
[4] Julio Aróstegui, “la renovación contemporánea de la Historiografía”, en La Investigación Histórica: teoría y método, Barcelona, Ed. Crítica GrjalboMondadori, 1995, p. 107
[5]Ankersmit, Op. Cit. p. 47
[6] O’Gorman, Op. Cit. p.193
[7]Creo necesario hablar del profeta del nopal, como un testigo consciente de la posmodernidad en México. Y para enfatizar más en este punto, es necesario trabajar sobre su discurso.
[8]Georg Iggers, “el giro lingüistico: ¿el fin de la historia como disciplina académica?”, en  Historia… Op. Cit. p. 217
[9] Cortés Hernán, La gran Tenochtitlán, México, UNAM, 2004, p. 17
[10] Esta idea del hijo, el padre y el abuelo no es más que la idea de Hegel de tesis, antitesis y síntesis con una explicación más coloquial.

martes, 24 de enero de 2012

La máquina de pensar

La máquina de Pensar, basada en el Absoluto
 o su imagen de Dios, fue diseñada por Ramón Lull.

La máquina de pensar es una invención poética, creada en el siglo XIII por Ramón Lull (Raimundo Lulio) como una manera de aproximarse al conocimiento absoluto, y con éste a Dios; al que se le entendía como el único dueño del saber.

Gracias al uso de la aleatoriedad se podía elegir la solución más pertinente a un problema específico. Digamos que, de alguna manera, esta máquina cumplía la función que muchos supersticiosos le atribuyen hoy en día a la biblia: piensan en su conflicto y abren la biblia en alguna hoja al azar; leen el versículo señalado y ahí tienen la solución a sus problemas. Esta atribución délfica a los textos bíblicos puede llegar a extremos insospechados. Por ejemplo, una joven promesa en el mundo de las letras con problemas de “inspiración”, abre la biblia azarosamente y se encuentra con Eclesiastés 12:12

“Guárdate, hijo mío, de buscar más allá de esto. Debes de saber que multiplicar los libros es una cosa interminable y que mucho esfuerzo fatiga el cuerpo”

¡Qué pena ha de ser perder a un futuro gran escritor por lo que escribió un antisocial hace más de dos milenios¡ ¿Cuántos grandes genios de nuestra literatura habremos perdido hasta el momento por culpa de un libro lleno de rencor?

La máquina de pensar debe ser usada con responsabilidad. En manos equivocadas podría ser el fin de la gran literatura como la conocemos. Como objeto real, Gabriel Zaid ha calculado –como herramienta para hacer poemas– que esta máquina es capaz de hacer  1000 154 sonetos endecasílabos sin repetir palabras. Esto a primera vista, y en el sentido estricto de la palabra, no es algo infinito. Sin embargo, si alguien está dispuesto a hacer la prueba manual o incluso, si dejáramos a una computadora haciendo la muestra, nos extinguiríamos como especie antes de que ésta terminara de escribir. Aunque es claro que no se basó en los cálculos de Borges, Zaid nos muestra que llevar a la práctica algunas cuentas matemáticas comunes es también una utopía.


Hablando de aleatoriedad, Borges también había imaginado la biblioteca de Babel. Un sitio aparentemente infinito en el cual estaban archivados todos los libros escritos, por escribir e inclusive los que nunca serían escritos, por contar con libros completos donde nos se encontrará nada sustancial. Asimismo este cuento incluido en Ficciones es una transfiguración textual de un cuento de Kurd Laßwitz (como lo muestra Antonio Fernández Ferrer).

Es curioso que en los dos casos antes citados (la máquina de pensar y la biblioteca de Babel) la inmensidad de lo aleatorio haga percibir que es infinito; como en el caso de el internet, donde nunca podremos saber cuánta información compartimos. Esto nos hace pensar: ¿no será que el infinito, el absoluto y todas sus derivaciones sólo se nos muestran como tales debido a nuestra falta de visión? Opina querido lector.